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La pintadita

Este fin de semana ha estado lleno de sorpresas, una tras otra. No estaba muy seguro de ir al pueblo donde vivían mis abuelos. Mientras viví con ellos tuve una vida muy tranquila, quizá podría decir que esa ha sido la mejor etapa de todas. Si bien ellos no eran millonarios podía tener ciertos lujos gracias a su vida de mucho esfuerzo y trabajo.

Como ya había dicho antes, el 2 de noviembre cumpliría años de vida mi tío , y justo este 29 de noviembre cumple años de muerto mi abuelo,  como me di cuenta que la tumba y herrería estaban por igual muy descuidados, arme un pequeño “evento” entre primos y mi tía para pintar todo lo que necesitara pintura. La verdad la respuesta de los primos fue muy buena y armamos una fiestecita después de la pintada, nada muy ostentoso, cerveza y frituras.

Llegamos el sábado por ahí de las 4 de la tarde, siendo invierno en México el sol se mete muy temprano y los mosquitos nos acechaban al por mayor, así que solo tuvimos cerca de dos horas de labor y la v
erdad no se hizo gran cosa. El domingo acordamos ir temprano para evitar un poco las horas cuando mas sol hay, así que desde temprano comenzamos con la pintada, cerca de las 2 p.m. se termino la pintura y el trabajo no estaba terminado, si acaso íbamos por la mitad. Ya sin pintura y con el sol en todo su esplendor nos retiramos a buscar algo para comer y relajarnos un poco pues aun faltaba el aburrido regreso a Guadalajara.

Fuimos a comprar comida al único lugar donde encontraríamos, Zacoalco, la verdad no me gusta mucho ir a ese lugar, me trae recuerdos desagradables, así que la misión era de entrada por salida, fuimos justo al lugar donde creímos que estaría abierto, mientras estacionaba el auto note que el chico del auto contiguo me miraba e incluso soltó una leve sonrisa, la verdad por el espejo retrovisor no podía saber quien era, acto seguido alguien bajo del vehículo y vaya sorpresa me lleve. La chica que había estado evitando en cada visita al pueblo estaba ahí frente a mi, me abrazo, me dio un beso en la mejilla y me regalo una gran sonrisa, me hacía falta que alguien me diera una sonrisa desinteresada, conversamos un minuto pues el sol estaba terrible y quedamos en vernos después, subió al auto, giro la cabeza y se despidió de mi, de nuevo con una gran sonrisa.

Algún día escribiré sobre Tania, nos conocemos desde los quince años, fuimos muy unidos y ahora somos grandes amigos.